jueves, 4 de diciembre de 2008

Cáceres, 3-6 abril de 1988


Herreros Navarro, Miguel
Ibáñez Sanahuja, Jordi


Del 3 al 6 de abril se celebró en Cáceres –patrimonio de la humanidad– el XXV Congreso de Filósofos Jóvenes bajo el lema de Filosofía y política. Dicho congreso presentaba, con respecto a los anteriores, una dinámica diferente. Las sesiones de trabajo consistían, por la mañana, en mesas redondas donde, después de varias exposiciones, se desarrollaban largos debates sobre la situación político-social actual; por las tardes, las ponencias incidían más en temas concretos que daban origen a inagotables reflexiones sobre el paralelaje filosófico-político.
De las sesiones de trabajo matutinas se puede llegar a la conclusión de que, la concepción política nacida durante la Ilustración ha desembocado, en el umbral del siglo XXI, en pleno movimiento (o momento) postmodernista en una grave crisis de identidad política provocada por una desaparición de grandes ideales por los que luchar. Nace así, dentro del postmodernismo, un momento histórico que podríamos llamarlo del Desencanto Político.
Los ideales sociales a los que nos conducían la racionalidad de Hobbes, Locke y la Ilustración en general, a lo largo de la historia, han devenido en algo muy diferente de lo que, en teoría, postulaban. El intento ilustrado es el intento de legitimar un poder institucionalizado desde la libertad del individuo. El hombre, como «animal social» ha de renunciar a sus derechos naturales para bien suyo y de los demás. Esta concepción, según se pudo comprobar, en la mayoría de los ponentes, queda alejada de la intención de reflejar la libertad individual de cada sujeto. La democracia, herencia cultural de la racionalización del poder, actualmente, está en crisis, no representa la plena realización de la libertad del individuo.
La sociedad, nacida para servir al individuo, lo ha devorado completamente. Día a día el hombre va perdiendo esta libertad que le es propia, pasando a ser el objeto [360] del sistema y no el sujeto como propiamente le correspondería. La punta de la pirámide política debería ser la representación de la voluntad popular, sin embargo, como Antonio Domenech afirmaba, desde la cúpula política se estudian las preferencias de los individuos y se les ofrece un programa destinado a un mercado que, previamente, está ya concienciado de qué es lo que realmente necesita. El sistema político tiene sus propias reglas de supervivencia; como Rodríguez de las Heras nos mostró, la pluralidad política tiende a una dispersión de fuerzas que se traduce en intencionalidad. Se tiende hacia formas cercanas al bipartidismo que dan una mayor estabilidad al precio de un desajuste por la pérdida de esa pluralidad política. Así, en aras de una estabilidad política, el individuo, en el proceso electoral, se limita a manifestarse a favor de la fuerza que, con opciones de representatividad parlamentaria, se ajusta más a sus pretensiones políticas. Se busca el voto útil. La democracia está, entonces, entre el desajuste y la inestabilidad.
Queda claro que la democracia occidental, que se presenta como toda la legitimidad y legalidad, traiciona, hoy en día, la soberanía popular. En una sociedad tal, queda legitimada la desobediencia civil, según opinión de Eduardo Bello. El ideal de la ilustración ha muerto. La modernidad ha tocado a su fin y estamos inmersos de lleno en la postmodernidad y, con ella, en la crisis.
La posible conciencia de crisis de los valores que han venido a legitimar la sociedad desvían lo que era la consecución de esa sociedad ideal en favor de la consecución de un estado de bienestar; cosa que no ocurre sólo en la democracia liberal burguesa sino que también ha trascendido a la democracia popular socialista. La postmodernidad no es algo propio de occidente sino que en los países del este también ha muerto la ideología. Su postmodernidad bien puede llamarse postmarxismo. La crisis del marxismo, como Norbert Bilbeny llegó a argumentar, ha afectado a su propia ética, si es que, según sus palabras, podemos afirmar la existencia de una ética propiamente marxista: Marx renunció a la ética pero no al punto de vista moral desde donde estableció la base de su concepto de sociedad ideal. Hoy en día, el marxismo está vigente bien como dogma político, bien como teoría de la historia. Así, el postmarxismo o postmodernismo de izquierdas, critica por encima al sujeto individual, a la política, con todas sus consonancias y a la ética.
Parece ser que estamos sumidos en una época de desencanto político donde, corno quedó bien manifestado a lo largo del Congreso, la libertad del individuo está supeditada a los intereses de los mass-media, del mercado político..., que estudian muy a conciencia cuál será el próximo programa y/o candidato que nos piensan vender.
Este desencanto provoca una apatía en la que flotan, aún, los fantasmas de Hobbes –en su 400 aniversario de su muerte –o el revolucionario mayo del 68– en su 20 aniversario. Habermas –el heredero del legado ilustrado– también estuvo presente.
Las sesiones de la tarde ofrecían la posibilidad de acogerse a un amplio abanico de temas que incitaban a la reflexión personal y/o colectiva sin salirse de la temática del Congreso. Así, entre otros, Francisco L. Lisi disertó, con gran profusión de citas y referencias bibliográficas sobre la Ontología y política en Platón, haciendo [361] hincapié en la consabida teoría platónica de que la filosofía proporciona la practicidad de la política, siempre y cuando se llegue al equilibrio (perfección, armonía) con lo divino (belleza, bien). Así, el legislador conocedor de la medida –equilibrio– tiene por misión buscar siempre la medida correcta en la política; por eso, sólo los filósofos están capacitados para legislar (filósofo-rey de la República) ya que conocen al Nomos y, la aplicación de esta ley divina en la política genera el orden en el hombre particular y en la sociedad en general. Platón pretendió una política como ciencia que, en cada ocasión, determinase lo mejor para cada tipo de sociedad.
No pudo faltar a la cita la utopía que, de la mano de Elisa Boberg nos llevó a conocer el problema político en la fantasiosa sociedad de Cyrano de Bergerac. En el coloquio que siguió a esta charla se concluyó que la política, se mire por donde se mire, siempre tiene algo de utópico.
¿La filosofía es el preludio o el epílogo de la política? fue la duda que planteó Juan Verde Asorey en su seminario. Preludio en cuanto a su papel relevante en la antigüedad, en cuanto que el filósofo debe ser promotor y controlador crítico de un modelo social pero no debe ejercer ni como político ni como filósofo de la política porque, puede llegar a ser absorbido por la misma. Epílogo porque el filósofo es, en teoría, quién más sabe y, así, desde fuera, con su filosofía –receptario– debe impulsar, no hacer funcionar, el modelo político ideal. El problema nace cuando, las filosofías que no son ni epílogo ni preludio de nada, aparecen. Filosofías que sólo buscan la forma de establecerse cómodamente en la vida.
Esta teoría sobre la actividad del filósofo defendida por Juan Verde Asorey rompió con la tónica que se venía manteniendo a lo largo del congreso referente a la situación del individuo en la política actual y, en especial del filósofo, originando un coloquio donde quedaron bien manifiestas dos tendencias: la apolítico-pasotista y la activa que no se deja vencer por la muerte de los ideales por los que luchar, sino que cree que aún, dentro de cada individuo, quedan ideales perdidos por los que luchar y, evidentemente vivir. El problema está, evidentemente, en saberlos buscar.
Este fue, en grandes líneas, el desarrollo del XXV Congreso de Filósofos Jóvenes. Lamentablemente la densidad y cantidad de seminarios no permitió el poder acudir a todos sino que fue preciso realizar una selección, la cual está reflejada en esta breve comunicación.
Concluyó el congreso con la convocatoria para el próximo año: Plasencia con Filosofía y Literatura.

Barcelona, mayo 1988.


Herreros Navarro, Miguel; Ibañez Sanhuja, Jordi. "XXV Congreso De Filósofos Jóvenes. Caceres, 3-6 Abril de 1988. En Diálogo Filosófico. Septiembre / Diciembre 1988. nº 12: pp. 359-361. Ediciones Encuentro. Madrid. 1988.

No hay comentarios: